En este artículo encontrarás

«Si no hubiera creado el paraíso, por ti lo crearía.» Son las palabras amorosas que ponen título al éxtasis de Santa Teresa. Se trata de una escena de encuentro íntimo que el arte de Bernini nos muestra en Santa María della Vittoria. Pero esa escena, es también una revolución en la consideración de lo que es el ser humano. Somos polvo y nada, pero se diría que hacemos perder la cabeza al mismísimo Dios. Este contraste tan fuerte, esta protesta contra nuestra pobreza y circunstancias, como un nuevo Job, me lo encuentro en Santa Maria dell’Anima. No veo más respuestas que las que el arte me deja adivinar. Todo aquí es ‘miseria e nobiltà’: polvo seré, más polvo enamorado.

Revolución en Santa Maria dell’Anima

Entrar en Santa Maria dell’Anima me trae a la memoria las palabras de A. Camus en sus Carnets: “Todo el espíritu revolucionario cabe en una protesta del hombre contra la condición del hombre. En ese sentido, bajo formas diversas, es el único tema eterno del arte y la religión. Una revolución se cumple siempre contra los dioses, comenzando por la de Prometeo. Es una reivindicación del hombre contra su destino, cuyos tiranos y títeres burgueses no son sino pretextos”.

casa Sander 1508 fachada santa Maria dell'Anima

La apacible serenidad de la fachada de Santa Maria, en esta preciosa y tranquila calle dell’Anima, detrás del bullicio de Piazza Navona, hoy se convierte en reivindicación. Quizás esta protesta es la misma que experimentó Martín Lutero durante su viaje a Roma. Aquí, en casa del notario Sander, el joven monje agustino se refugiaría de los trasiegos romanos. Entraría sintiéndose un poco más en casa, buscando protección y respuestas, en la antigua iglesia y hospital que ya existían como lugar de acogida para los peregrinos de lengua alemana.

Arte y religión se rebelan siempre contra la condición humana ¿Dónde van a parar el saber, la magnificencia, los grandes méritos, las suntuosas cortes, las leyes y decretos? Todo lo que consideramos grande o hermoso, lo que nos acompaña y nos hace considerarnos dignos, merecedores o incluso civilizados, queda reducido a polvo tras dos losas y unas letras.

Una tumba

La tumba de papa Adriano VI, en su armónica composición, recibe mi visita y memoria, pero no le cambia la vida. La mía, por fortuna o sin ella, un poco sí.

Esa tumba fue diseñada en su arquitectura marmórea por el sienés Baldassare Peruzzi entre los años 1524-1529. El pobre Adriano VI tuvo que esperarla unos cuantos años, reposando hasta 1533 en la basílica de San Pedro. En efecto, según nos cuenta su maestro de ceremonias, Biagio da Cesena, el papa murió en septiembre de 1523. No sería el primero ni el último en tener que esperar por su tumba pues no muchos son previsores o tienen tiempo para serlo… y no eran espacios que se montaban en una noche.

¿1522 fue un año complicado? Para el papa Adriano VI, seguramente sí. Como dejó escrito, su mayor desventura: reinar. Tras su muerte lo depositaron entre las tumbas de Pío II y Pío III en San Pedro. Y a Pasquino, voz popular de una de las estatuas hablantes, no se le ocurrió mejor comentario que el de indicarlo como ‘un impío entre los Píos’. Yo creo que por todo eso, acabó dejando la gran basílica en busca de un poco de tranquilidad. Si hubiera podido, se habría vuelto a Flandes y los romanos lo habrían enviado sin problemas a aquel país; o más lejos si fuera posible. De hecho, en 500 años, hasta Juan Pablo II, no volvieron a elegir a otro papa que no fuese italiano.

Sea como fuere, finalmente, vino a parar con sus huesos, a Santa María del Ánima y allí nos lo encontramos. Para un hombre recto, de la devotio moderna, despreciado por Lutero y odiado por los romanos, el epitafio que corre como una línea a través del monumento, me suena como un tranquilo grito de protesta. No se trata de una lamentación contra el paso del tiempo o advirtiendo de la vanidad de la gloria. En mi opinión es un lema aún más revolucionario. Es una queja, literalmente, de circunstancias, por los tiempos en los que le tocó vivir. Tan fuertes son y tan adversos fueron que poco valió la virtud del hombre que aquí ha quedado -elogio o verdad- como óptimo entre todos. Lo que se dice, el insoportable «peso de las circunstancias».

Tiempos difíciles

«Proh dolor, quantum refert in quæ tempora vel optimi cuiusque virtus incidat»
(¡qué pena! ¡cuánto importa en qué tiempos actúa la virtud incluso del mejor de los hombres!).

tumba adriano vi santa maria dell anima

Estas palabras separan el relieve en el que el papa a caballo entra en Roma, acogido por la multitud, y la urna con lo que queda de él. Además, como en un cenicero, los hijos de la noche, dos niños regordetes, muerte y sueño, apagan sus antorchas sobre esas mismas letras. Es como el último gesto antes de dar plantón. Lo irremediable, lo que no debería ser y simplemente se impone, no le deja más opción del ‘apaga y vámonos’, con un triste gesto de desengaño.

Este sosegado grito artístico del Renacimiento, anuncia proféticamente el Sacco de Roma. Lo escribió Willem van Enckevoirt, amigo, consejero y único cardenal que Adriano VI pudo elegir 10 días antes de morir. La estatua recostada del pontífice parece esperar, ya sin prisas, las aguas de un diluvio de hierro, que inundará Roma tras pocos años.

Una frase, la última, que deja bien claro que, como en el caso de Job, poner ese grito en el cielo es necesario, aunque se pronuncie en el momento más mísero. Reconocerse un óptimo ser humano… y no entender ni jota. Por desgracia, en la tumba de Adriano vemos sólo el grito, sin las palabras amorosas que son respuesta e invitación para el abandono y éxtasis de Teresa. Ese sería otro capítulo.

Información para visitar Santa Maria dell'Anima

Entradas y precios:

Gratis

Horarios:

De lunes a viernes de 09.00 a 12.45 y de 15.00 a 19.00. Los sábados de 09.00 a 12.45 y de 17.00 a 19.00.

Dias de cierre:

Festividades religiosas, durante las celebraciones, no se podrán hacer visitas.

En la misma zona:

Cómo llegar:

Alguno de los autobuses que pasan por Corso Risorgimento: 30, 46, 62, 64, 70, 81.

Ubicación:

Via di Santa Maria dell’Anima, 64

Una iglesia, en mil pedazos

Cuando Giuliano da Sangallo en 1514 empezó la construcción de esta iglesia no podía imaginar que de allí a poco Martín Lutero iba a clavar sus tesis en la catedral de Wittenberg. Aún quedaban 8 años para completar la iglesia y ya parecía desmoronarse en sus estructuras mientras se adornaba con una nueva forma. La historia de Santa Maria dell’Anima es la de un mosaico con tantas hermosas y pequeñas piezas, coloradas, blancas y negras, brillantes u opacas, recogidas de un gran espacio por el que estaban desperdigadas tras una explosión. Santa Maria dell’Anima tiene una fuerza centrípeta que reúne esas piezas centrifugadas durante siglos.

altar santa maria dell anima
Altar mayor de Santa Maria dell’Anima con cuadro de Giulio Romano (Pala Fugger) que representa una sagrada familia en conversación con Santiago y San Marcos.

Quizás por eso, el arte que nos encontramos en ella nos habla de lenguas, cambios, refugios, batallas y santos que confluyen a Roma desde el centro de Europa. Y, sin embargo, también nos muestra cómo el grito de protesta alejó a muchos Job norteños de esta Roma. Es el momento en el que ella pasa de ser considerada amiga a enemiga, incapaz de compasión, fuerte y oronda, jueza del que está en crisis y, sobre todo, de la que nada bueno se espera.

Las cosas cambian

Un águila con dos cabezas es algo imposible y, además, monstruoso. Sin embargo, como en el caso de Jano bifronte, es símbolo de plenitud, de superación de los límites. Se pasa de la unidad al sistema binario y, al parecer, todo se puede alcanzar. Esa águila, poco a poco, deja de ser un engendro para convertirse en blasón de la historia rica y compleja del imperio nacido en el corazón de la Europa continental. Esta iglesia la acoge y enseña en la Ciudad Eterna.

Quizás por estar marcada, desde su construcción, por la voz de la protesta, Santa Maria del Anima ha hecho que Roma aprenda a escuchar la voz de esta águila. Sin emitir juicios, sin esconder lo que no considera digno, permitiendo que estén cerca quienes se muestran distantes o distintos. Signo de esta escucha es la preciosa capilla de los Margraves, construida para un cardenal príncipe del Sacro Imperio con la preciosa obra pictórica de Francesco Salviati. Cuando Francesco empezaba a pintar la capilla, Miguel Ángel acababa de volver a sorprender el mundo desvelando el Juicio Universal. Y el arte, también en Santa Maria dell’Anima, gira y gira en el remolino que era el Final de la Historia. Si nos descuidamos, acabamos arremolinados como los soldados a los pies del Resucitado.

capilla de los Margravi interior santa Maria dell' Anima
Frescos de Francesco Salviati 1541-1543 en la capilla de los Margraves de Brandeburgo. Sobre el altar el icono y reliquia de S. Chárbel Makhlouf (Líbano).

Espacios que unen historias

En la pala de altar aparece, a la derecha, el cardenal (Albrecht de Brandeburgo) asistiendo en primera fila a la deposición de Cristo muerto. Junto al margrave germánico veo un monje maronita. En la capilla decorada con los dineros de un cardenal del siglo XVI, me sorprende la reliquia y memoria del asceta y santo libanés del siglo XIX. El torbellino de la historia ayuda a estos diálogos sin palabras, a estos viajes dignos de las Mil y una noches. El peregrino que desde Damasco es capaz de ponerse ante el príncipe.

Por cierto, si en medio de tantas reformas y preocupaciones, no creo que Adriano VI tuviera tiempo para criticar la obra de Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina, Biagio da Cesena, sí. Y calificar aquellos cuerpos de la bóveda como un motivo para la lujuria o un espectáculo indecoroso le llevó a ser representado en la pared del Juicio como Minos, cuya cola de serpiente da dos vueltas entorno a su cuerpo antes de aferrar sus genitales. Dos vueltas, segundo círculo infernal, el de los lujuriosos. Porque siempre el arte es protesta.

Con alevosía se alza el rostro del gran estudioso Pastor, gracias al arte, para recordarnos que aquí encontró fuentes, que por acá pasó, que hubiera deseado seguir investigando. Mientras iba revistiendo de carne y vicisitudes temporales los nombres de los que habían protagonizado la historia de la iglesia, él iba consumiendo las suyas. Es el arte el que lo rescata y sobrevive al razonamiento iconoclasta que condena lo representado como si fuera sólo un simulacro o mentira. En gran parte lo es. Pero también, como todo mapa, nos acerca, anima y orienta hacia lo desconocido.

tumba interior santa maria dell anima

A veces, el arte es incluso, un enigma que parece darnos quebraderos de cabeza. Somos nosotros los que estamos a ambos lados de este ‘Piscatori’. Tres sirenas nos atraen y activan la curiosidad, cantos en piedra que te llevan al borde del abismo, a la búsqueda de lo que se esconde en una urna o tras unas pocas líneas. ¿Qué será, qué habrá, por qué aquí?

«Contra el nuevo ídolo y el viejo diablo»

Al entrar o salir de Santa Maria dell’Anima, justo detrás de la mesita en donde se sienta el custodio de la iglesia, un cuadro enorme me llama la atención. Formas, expresiones y escena no dejan indiferentes.

san benno carlo saraceni santa maria dell anima

El 31 de mayo de 1523 Adriano VI declaraba santo a este obispo alemán, Benón o Benno. Fue un protagonista de la lucha de las investiduras entre el emperador Enrique IV y el papa Gregorio VII. Naturalmente estaba de parte del papa y, por eso mismo, el emperador lo destituyó de su diócesis de Meissen. Eso sí, antes de marchar exiliado a Roma, mandó arrojar las llaves de la catedral al cercano río Elba. Tras la muerte del papa que, en muchos casos arregla las cosas, Benón y Enrique hacen las paces, curiosamente estando ambos de acuerdo en apoyar a uno de los dos papas que se contendían la sucesión de San Pedro. Esto le permitió volver a su querida diócesis.

También en este caso, la muerte del antipapa, hizo que el buen obispo pasase a estar en comunión con el papa ya legitimado. En su diócesis vive santamente, dedicándose al buen gobierno y reforma de la ciudad hasta que muere y empieza a tener fama de santidad. Su tumba es meta de peregrinos: quienes salen, buscan, afrontan, piden lo posible e imposible. El peregrino es también uno que protesta, un manifestante, de la pobre condición de los vivos.

Cuando la ciudad de Meissen en 1539 pasará al bando protestante, su tumba será el blanco de tantos odios y quedará destruida. Aun así, las aventuras de San Benón, no terminarán aquí. Antes de escapar de la ciudad el obispo sucesor del neo-santo, se llevó sus huesos a Múnich en donde, al parecer, siguen.

No es sólo un cuadro

La escena del cuadro que imagina Carlo Saraceni recuerda un episodio legendario cuando el obispo entra en Meinssen. Un pescador se acerca al obispo con un pez recién pescado que tiene en su interior aquellas llaves de la catedral que vuelven así, milagrosamente, a su legítimo pastor. Dos llaves que no dejan de recordarnos las del escudo papal. Llaves que son símbolo de la jerarquía católica y su poder. Para Lutero son las que cierran y encierran. Para otros las que te garantizan el pase por la angusta puerta del cielo.

Esta vida y estas luchas de finales del siglo XI se trasladan y leen de forma muy diversa en el siglo XV, cuando se pide la canonización del buen obispo. En ese momento era símbolo de un obispo reformador y de buenas costumbres. Unos años después, a inicios del siglo XVI, Lutero lo insultará llamándolo ‘nuevo ídolo y viejo diablo’. El pobre Benno o lo que queda (reliquia) de él pasa a ser nuevamente motivo de discordia, símbolo de fidelidad al papado con sus añejas disciplinas, un viejo mal. No solo. También aparece a sus ojos como nuevo ídolo, otro nuevo santo que distrae del único Salvador.

Lo que al entrar o salir de Santa Maria dell’Anima parece un simple cuadro de tipo religioso, un buen cuadro que, por dimensiones y personajes llama la atención, se convierte en un estandarte; hoy sería una parcarta en la curva de un estadio o en la cabecera de una manifestación. Este cuadro nos mete de lleno en la época de dos bandos contrapuesto que darán lugar a 30 años de guerras. Un alejamiento, desconocimiento y desconfianza que sabe Dios cuánto tardarán en desaparecer.

En esta iglesia, en la pared de la derecha, Adriano VI y San Benón, son compañeros en el mismo bando de una Europa dividida.

En frente, a la izquierda, la capilla de los Margraves nos invita a seguir esperando aquel día, quizás el último, en el que contendientes, caballos y caballeros, de una y otra parte, acaben todos arremolinados en el suelo, ante el Resucitado.

Resurrección de F. Salviati capilla del Margrave en Santa Maria dell'Anima

Más de nuestro blog

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *