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paseo Roma

Nota histórica

Recorrido (para buenos caminantes o en bici y moto)

Desde Termini subimos al metro B dirección Laurentina hasta la parada del Circo Massimo. Allí nos subimos al autobús 118 que recorre la Appia Antica. Para los que nos gusta caminar nos bajamos del bus e iniciamos nuestro recorrido desde Porta S. Sebastiano, que alberga el interesante Museo delle Mura. Desde esta puerta abierta en las murallas Aurelianas (s. III d. C.) se baja una ligera pendiente en la que se encuentran los restos, recientemente sacados a la luz, de un antiguo santuario dedicado a Marte. Justo antes del puente sobre el que pasa el tren -incluso en los sitios más insospechados pueden convivir arte e historia- a la derecha se encuentran restos de un grupo de tumbas fechables entre el s. I a. C. y el s. II d. C. En el muro moderno se ha introducido una copia de la columna que indicaba la primera milla (1) con la inscripción de Vespasiano y Nerva (el original se encuentra en la balaustrada de Piazza del Campidoglio). Dejando atrás los restos de un gran sepulcro en laterita -arcilla rojiza- llegamos a un punte sobre el antiguo Almone (2), afluente del Tíber en cuyas aguas todos los años el día 27 de marzo los sacerdotes de Cibeles (Magna Mater) lavaban la imagen de la diosa. Aquí se encuentra actualmente el Ente Parco Regionale dell’Appia Antica (3)
Poco encontramos el llamado Sepolcro di Geta (4), erróneamente atribuido al hijo de Septimio Severo asesinado por su hermano Caracalla.

Visitar la Appia Antica, monumentos y zonas de interés

 

Cerca del cruce con la vía Ardeatina se encuentra la pequeña iglesia del Quo Vadis (5) o Santa María in palmis, reconstrucción del s.XVII de una
capilla del s. IX dobre el lugar en el que según la tradición S. Pedro, mientras huía de Roma para escapar de la persecución de Nerón, vio a Jesús que lo recriminaba invitándolo a volver. Las ”huellas“ de dos pies sobre una lastra de mármol en el centro de la iglesia (copia de un relieve conservado en la cercana
basílica de S. Sebastián) se trata de un ex voto pagano para invocar un buen viaje que fue confundido con las milagrosas huellas que Cristo dejaría en aquel lugar. Casi delante de la iglesia se entreve tras una vieja hostería el centro de una tumba cilíndrica (6) coronada por una pequeña torre truncada medieval: es el Sepulcro de Priscilla, mujer de Flavio Abascanto, potente liberto del emperador Domiciano.

Al pasar el cruce con laArdeatina (7), la Appia prosigue en vía recta hasta los Colli Albani. Poco más adelante, a la izquierda se encuentra Via della
Caffarella con la que se puede llegar a la amplia Valle della Caffarella, zona de gran interés natural e histórico. A la altura del número 103, que corresponde al portal de la Villa Casali del s. XVI, se encontraba la columna de la II milla, recordada por una lápida a la derecha de la calle. Más adelante y siempre a la derecha se halla la entrada a las Catacumbas de S. Calixto (8). Desde el s. III éstas constituyeron el cementerio cristiano más importante de Roma en el que fueron sepultados muchos papas y mártires. Las galerías están distribuidas en cuatro planos ocupando un área de más de 12.000 metros cuadrados. Los núcleos principales se encuentran en las “regiones” de Calixto (Cripta de los papas), de Sta. Cecilia y las conocidas como criptas de Lucina. (Para visitar las catacumbas de S. Calixto también se puede utilizar el autobús 218 que sale desde S. Giovanni in Laterano).

Si quieres realizar una visita guiada por la via Appia, no tienes más que escribirnos: visitasguiadas@enroma.com.

visitar via latina romaPara ver otras propuestas visita nuestra página dedicada a la Antigua Roma, encontrarás itinerarios muy interesantes como la visita recorriendo la via Latina con los antiguos sepulcros de los Valeri, Pancrazi, Corneli y un tramo de la via que unía antiguamente Roma con Capua. También es muy interesante y divertida la visita de la via Appia a caballo.

 

Nota histórica

LA VIA APPIA ANTICA, la llamada Regina Viarum, fue la primera y la más importante calzada construida por Roma. Nació en el año 312 a. C. como vía de comunicación entre roma y Capua, siendo construida mientras era censor Appio Claudio, magistrado que le dio su propio nombre. Fue realizada siguiendo un proyecto sorprendentemente 'moderno' ya que, gracias a un sistema de circumvalaciones, dejaba de lado los centros habitados y superaba, con imponentes obras de ingeniería, grandes dificultades naturales como la zona pantanosa pontina.
El primer tramo, hasta Terracina, era una largísima recta de 90 km de los que los últimos 28 estaban dotados de un canal de bonificación que permitía alternar el viaje en barca con el viaje en carro o a caballo. La vía tenía una longitud total de 132 millas (195 km) y se realizaba normalmente en 5/6 días de camino.
Con la expansión de Roma hacia el sur la vía Appia se prolongó varias veces. Primero, tras la victoria del 268 a.C., hasta Benevento. Luego, más allá del Appennino hasta Taranto. Finalmente en el s. II a.C. llegó hasta Brindisi, puerta de Oriente.
El tramo desde Benevento hacia el sur fue transformado posteriormente y en el s. II d.C. Trajano la convirtió en una auténtica variante. Con la nueva via Appia Traiana se podía ir desde Roma hasta Brindisi en 13/14 días recorriendo un total de 365 millas, unos 540 km.
La Via Appia estaba pavimentada con grandes lastras de piedra basáltica de forma poligonal. Tenía una anchura media de 14 pies romanos (unos 4,15 m.) que consentía el paso de dos carros viajando en sentido contrario. A ambos lados de la calzada había una acera en tierra batida de un metro y medio de ancho.
Cada 7 o 9 millas en los tramos más frecuentados, cada 10 o 12 millas en los menos frecuentados, se encontraban las estaciones de posta para el cambio de los caballos (stationes) con locales para el descanso de los viajeros (mansiones). Cerca de los centros habitados la vía estaba flanqueada por grandes villas y sobre todo por una gran diversidad de tumbas y monumentos funerarios.

Visitar la Appia Antica en Roma

Os aconsejamos un buen almuerzo o una cena al atardecer en el Appia Antica Caffè (via Appia Antica 175). Una excelente experiencia para disfrutar de las tardes más largas y suaves de la primavera romana. Si quieres reservar escríbenos a info@enroma.com

Un texto maravilloso de César Antonio Molina para 'entrar' en la via Appia:

"La Via Appia. Piranesi dejó constancia de la abigarrada y fastuosa arquitectura funeraria que la flanqueaba. Quien entraba o salía, era llamado por aquellos ausentes: «¡Párate!», «¡No te olvides!», «¡Recuerda!», «¡Como te ves yo me vi, como me ves te verás!» Horacio, en la V composición del I libro de las Sátiras, nos da una idea de este camino. Lo recorrió acompañando en el 37 a. C. a Mecenas, que iba a Grecia. Villas mezcladas con sepulcros de templete, mausoleos, cipos, estelas, aras, exedras, grandes sarcófagos. La Via Appia era un cementerio de los demás, hoy lo es de sí misma. Y su voz también nos reclama. Vuelvo a ella como de un exilio inmemorial cuyas causas y razones desconozco. «Me viene a la mente Roma, mi casa y el deseo de todos aquellos lugares y cuanto queda de mí en la ciudad que he perdido», dice Ovidio en Tristes. Roma es también mi casa y, en esta calle del mundo, la única en donde me reconozco, busco cuanto queda de mí en lo que perdí.

La Via Appia es una ruina: ni pasado, ni presente; sino un lugar donde se puede imaginar el futuro. No quedan nombres, todo es anónimo, el triunfo de la naturaleza sobre las obras del hombre. Crecen las higueras salvajes, la encina, los pinos, los cipreses. El alcaparro espinoso, un arbusto de hermosas flores blancas; el asplenium ceterach, el helecho que se cuela entre los huecos de los bloques de piedra; la parietaria o la orchis papillon, una discreta pero bellísima orquídea. Y los gatos, la lagartija verde al sol, el mochuelo y el erizo a la luz de la luna, ponen orden en este hábitat. En el museo del palacio de Charlottenburg, en Berlín, hay un cuadro del pintor romántico Franz Louis Catel (1778-1856), titulado Via Appia (1833). La describe en medio de un paisaje bucólico lleno de rebaños de ovejas, toros conducidos por mayorales, carros de bueyes con trigo y, en medio, la tumba de Cecilia Metella.

El camino de retorno hacia Dios no admite más nombres que el suyo innombrable. Estas ruinas son un templo vacío, hueco, han vuelto a albergar el espacio que había antes del frigio Eneas: colinas y pastizales. Estas ruinas son templos a la creación primigenia, al caos original. Propercio, en la «Elegía IV», se quejaba de que la grandiosidad arquitectónica de Roma hubiese ocultado el paisaje bucólico. En la Via Appia podemos imaginárnoslo. Este camino está lleno de almas, de almas que te llaman, que te susurran en los oídos. Una de ellas dice tu propio nombre y, entonces, sin poder evitarlo, te desvaneces sobre la losa donde estaba tu huella. A pesar del panorama desolador, en pocos espacios me encuentro más a gusto y seguro. Es quizás éste, un lugar a salvo del tiempo, donde el tiempo histórico se ha detenido, está en remanso. Piedras, columnas de ladrillo que han perdido su estuco, mármoles sajados, travertino o toba, pinos, cipreses, son la puesta en escena de una tragedia cuyo creador es el tiempo y los actores somos nosotros en comunión con los que fueron. El coro de voces convoca lo ausente a la presencia en el escenario. Estas ruinas, que no yacen al abrigo de alguno de los múltiples museos, son despojos abandonados definitivamente a su suerte; mojones ambiguos, contradictorios, ocultos, señales que disimulan lo sagrado. Busco aquí el lugar originario no en lo material, sino en los intersticios que quedan entre lo caído y su soporte térreo: «Mortua heie ego sum: et sum cinis: is cinisterra, seive est terra dea, ego sum dea, mortua non sum», dice un epitafio. 'Aquí estoy muerta: soy ceniza: esta ceniza es tierra, si la tierra es una diosa, yo también, no estoy muerta'. Gea, Cronos y en medio los huesos, las ruinas machacadas en el almirez del tiempo formando la argamasa que cubre las llagas del empedrado. El viento del atardecer alza las esquirlas, las estrella, las dispersa, las restituye a su principio. Las ruinas son un sentimiento más profundo que los afectos y la razón. Están más allá del saber, de las respuestas, sólo consuelan con la contemplación porque es también cuando nuestro tiempo se detiene mientras mantenemos la mirada sobre el objeto.

La Via Appia Antica parte de la Porta San Sebastiano, antes Porta Appia. Antiguamente se iniciaba en Porta Capena, un poco antes de las Termas de Caracalla. Avanza varios kilómetros cada vez más descampados. Sólo a algunas horas de la mañana hay turistas que acuden, principalmente, a visitar las catacumbas de San Calixto y las de San Sebastiano. El resto del día y al atardecer permanece despoblada. En invierno más. Este encuentro de soledades sólo se rompe por el amor furtivo de jóvenes parejas que restituyen la vida al ciclo. Se aman en los mismos lugares donde otros yacieron cumplidas sus vidas. Las catacumbas de San Calixto son las más importantes de Roma. Estuvieron enterrados entre sus muros los primeros papas y Santa Cecilia. Las galerías se extienden diez kilómetros a lo largo de cuatro pisos. Junto a las de San Sebastiano, está la basílica que recuerda el azotamiento del Santo, muy cerca de donde tuvieron sepultura Pedro y Pablo. En la primera capilla de la izquierda se encuentra una piedra con la huella de los pies de Cristo. En la iglesia del Quo Vadis, la más cercana a Porta San Sebastiano, hay una copia. Yo creí que era la original, pues fue allí y no en el otro lugar donde Jesús se le apareció a San Pedro. Este le preguntó: «Quo Vadis?», ‘¿Dónde vas?’. Y Él le contestó: «Venio iterum crucifigi», ‘¡Voy a que vuelvan a crucificarme!’. Pedro, que huía de las persecuciones y el martirio, regresó sobre sus pasos y se entregó a los verdugos. Toco las huellas de esos pies en San Sebastiano y el Quo Vadis. Tienen ambas la frialdad heladora y cortante de lo invisible. Las verdaderas la conservan de aquel instante; la copia, porque están en el lugar donde se produjo y todo el alrededor, por simpatía, le transmitió la misma frigidez. Es el culto resucitado de Serapis

Tres siglos antes de Cristo, el cónsul Appio Claudio el Ciego construyó esta Regina Viarum que conectaba la capital del Imperio con el sur de Italia: de Nápoles a Brindisi. Para llegar a Capua, capital de la Campania, se tardaba cinco días; mientras que a Brindisi, la puerta de Oriente, a seiscientos kilómetros, catorce. Otros caminos importantes de Roma se denominaban Tiburtina, Salaria, Cassia, Aurelia y Emilia. Los restos de tumbas, de villas patricias, del circo de Majencio o del acueducto Claudio, se desparraman por doquier en medio de un paisaje de hiedras, pinos y cipreses. La tumba de Cecilia Metela es lo más llamativo de todo cuanto está en pie. El torreón cilíndrico, durante la Edad Media sirvió de fortaleza. Queda su recuerdo por la corona almenada que le levantaron y los restos de un edificio anejo. Albergó seis décadas antes de Cristo las cenizas de una joven patricia romana. Está totalmente hueco. Sin embargo, aún reza intacto el epígrafe en su fachada que dice: «Hija de Quinto Cecilio Metello conquistador de Creta y esposa del hijo mayor del Triunviro Craso, siglo i a. C.». Aquellas cenizas debieron aventarlas sin respeto. Este hecho me hizo escribir estos versos: «Cuántos más siglos / resistiendo / tan sólo con tu nombre / a la usura del tiempo». Muy cerca se ven las ruinas del circo de Majencio, uno de los más grandes de la Antigüedad. Fue construido tres siglos después de Cristo y tenía una capacidad para diez mil espectadores. Estaba comunicado por un largo pasillo con el mausoleo de Rómulo, el hijo del emperador, y con el Palacio Imperial. Su espacio no sólo está marcado por los muros raquíticos que permanecen en pie, sino también por la espina central. Alrededor de la misma giraban los carros y estaba adornada con diversos elementos: edículos y pilones; y un obelisco situado en el centro, el de Domiciano. El papa Inocencio X, a mediados del siglo xvii, remató con este obelisco la fuente de Bernini, en la Plaza Navona. Me aventuro por en medio de matojos casi tan altos como yo mismo. Avanzo hasta subir a su dorso central. Me observo náufrago entre aquel oleaje de naturaleza salvaje. Se mueve tan dulcemente que uno podría abandonarse a su gula: «La spina es lo único que permanece, / ahora desarbolada como un rostro / perdido por entre el oleaje de matojos: / Firme, dura, todavía desafiante, / brillando a lo lejos como báculo de serpiente / o duro esqueleto de envenenado», apunto. Estoy solo. Temo regresar atravesando la jungla por donde corrían las fieras y la sangre del hombre se despilfarraba en los juegos. Crueldad, he aquí uno de sus templos cuya altivez se mantiene en el respeto que impone. ¿Pero incluso para ser hombre no tuvo Dios que sacrificarse ensangrentando la tierra? De aquella fuente derramada brotó trigo, óleo y vid; mientras que yo me encuentro rodeado de malas hierbas, de esa sangre gangrenada que corre por los pétalos rojos de rosas silvestres contra cuyos pinchos me araño abriéndome paso.

Más allá de aquí, debemos de estar a unos siete kilómetros de Porta San Sebastiano, la Via Appia conquista el campo abierto. A uno y otro lado hay restos de pequeños panteones. Brillan en un horizonte vacío de construcciones y están embebidos en la paz y el silencio de la campiña romana. El asfalto horrible de la carretera comienza a ser sustituido enteramente por la antigua pavimentación hecha con losas de basalto. Entre las numerosas tumbas están las arcaicas que contuvieron los restos de los Horacios y Curiáceos muertos en el legendario duelo entre Roma y Alba Longa; así como los restos de la Villa de los Quintilios, asesinados por el emperador Commodo; y el Casal Rotondo, tumba de base cuadrada y núcleo cilíndrico.

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